Eurípides

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Eurípides

(Salamina, 480 a. C. – Pella, 406 a. C.)

El libro corresponde a la editorial Gredos y contiene las siguientes tragedias:


El Cíclope

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Sileno y los sátiros navegaban al rescate de Dioniso, secuestrado por piratas, fueron arrastrados por los vientos a las rocas sicilianas, a la isla del Monte Etna, donde habitan los Cíclopes, siendo apresados por Polifemo, que los esclaviza y los hace apacentar sus rebaños.

Sileno descubre, desde la gruta de Polifemo, el gigante de un solo ojo, un barco del que descienden Odiseo y su tripulación. Sileno informa a Odiseo que en ese lugar no hay hombres, solo Cíclopes que no respetan la hospitalidad, que no beben vino y “por ello habitan un país sin danzas”, y que son antropófagos.
Odiseo le propone intercambiar vino por provisiones, carne, queso y leche. Al realizar la transacción son sorprendidos por Polifemo, que contempla estupefacto como los sátiros bailan alrededor de un odre de vino, sustancia que no existía en la isla, mientras sus corderos tienen atadas las patas y están rodeados de cestos de quesos.

Sileno explica a Polifemo que los extranjeros le golpearon para llevarse sus bienes. Odiseo intenta convencerle de la verdad, pero Polifemo cree a Sileno, por lo que adopta la actitud de suplicante y se acoge a las normas de hospitalidad, muy estrictas en Grecia. Sileno convence a Polifemo para que ase y coma a los extranjeros, advirtiéndole que si come la lengua de Odiseo, se convertirá en el más pícaro y charlatán.

Polifemo, alabando a su padre Poseidón, declara que Zeus no es superior a él, y que “la riqueza es el dios para los sabios, lo demás es rumor y bellas palabras.” Les promete honrarles con una caldera, agua de su padre y fuego para cocer sus carnes difíciles de digerir…


Alcestis

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Apolo, tras matar a los Cíclopes, había quedado exiliado del Olimpo durante nueve años, que pasó al servicio del rey de Tesalia, Admeto, un hombre conocido por su hospitalidad y que trató muy bien a Apolo. En agradecimiento, Apolo consiguió para Admeto que las Moiras le concediesen vivir más allá de la fecha de su muerte. El regalo, sin embargo, tiene un precio: Admeto debe encontrar a alguien que lo sustituya cuando la Muerte venga a reclamarlo.

Llega el momento de la muerte de Admeto, y no ha encontrado a nadie que lo sustituya. Su padre no desea entregarse y cree que es ridículo que le pidan abandonar una vida que disfruta tanto como parte de este raro acuerdo. Finalmente, su devota esposa, Alcestis, se muestra conforme en ser llevada en su lugar, porque no desea dejar a sus hijos sin padre o ser abandonada por su amado y, al comienzo de la obra, ella está próxima a la muerte.


Medea

Medea

Jasón, esposo de Medea, se promete en matrimonio a Glauce, hija del rey Creonte de Corinto, ante el espanto de Medea, que ve su lecho deshonrado. Creonte, que había planeado el matrimonio, ante el temor de que Medea, sabia y hábil, se vengue, ordena su destierro inmediato.

Pero Medea, fingiéndose sumisa, pide un solo día de plazo para salir al destierro. Ese plazo lo aprovecha para realizar unos presentes a Glauce: una corona de oro y un peplo que causan la muerte por el simple contacto. Glauce muere de forma horrible:

“No se distinguía la expresión de sus ojos ni su bello rostro, la sangre caía desde lo alto de su cabeza confundida con el fuego, y las carnes se desprendían de sus huesos, como lágrimas de pino, bajo los invisibles dientes del veneno.”

Tras perpetrar ese horrible asesinato, Medea se siente obligada a matar a sus propios hijos, para evitar que otras manos más crueles les quiten la vida para vengar la muerte de Glauce.

Termina la obra con Medea subida en el carro de Helios, con quien ya tenía pactada su huida a Atenas, para evitar las iras de la familia de Creonte y de su propio marido Jasón.

Desde el carro de Helios, Medea increpa a Jasón:

Medea. – Oh niños, cómo habéis perecido por la locura de vuestro padre!. 

Jasón. – Pero no los destruyó mi mano derecha.

Medea. – No, sino tu ultraje y tu reciente boda.”


Hipólito

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Se desarrolla en Trecén. Afrodita está enojada con Hipólito porque la considera la más insignificante de las diosas, rechaza el lecho y no acepta el matrimonio. Hipólito incurre en hibris ante una estatua de Afrodita a la que saluda solo de lejos y a requerimiento de un sirviente, pues es casto y por tanto tiene poco afecto a su culto.

Afrodita traza un plan para matar a Hipólito y a Fedra: estando ambos en los misterios de Eleusis, cerca de Atenas, hace que Fedra caiga enamorada de forma pasional y enfermiza de Hipólito, el hijo de su esposo en anterior matrimonio con una amazona.

Fedra cuenta su problema a la nodriza y ésta informa a Hipólito de lo sucedido, que lanza a continuación un duro ataque verbal contra las mujeres que en realidad es un ataque frontal a Afrodita. Hipólito se escandaliza sólo de que alguien le proponga que yazca con la mujer de su padre y corre a purificarse, habiendo jurado no decir nada de las intenciones de Fedra.

La nodriza comunica a Fedra lo ocurrido con Hipólito. Fedra se siente despechada y desesperada. Decide suicidarse ahorcándose, pero dejando una tablilla escrita en la que inculpa a Hipólito por haberla seducido.

Teseo regresa de Delfos y se encuentra el cadáver de su esposa. En el cadáver encuentra la tablilla con el mensaje. Se desespera ante la situación y, llevado por la rabia, invoca a Poseidón:

Teseo. – De las tres promesas que en una ocasión me prometiste, mata con una de ellas a mi hijo.

Hipólito es acusado por su padre. Se defiende alegando su virtud y que de nada podría aprovecharle tener amores con la mujer de su padre. Defiende a Fedra, alegando que nada tuvo con él y que no manchó la pureza de su lecho:

Hipólito. – Ella se comportó con sensatez, aunque la había perdido, y nosotros que la poseemos, no hacemos buen uso de ella.

Pero Teseo destierra a su hijo Hipólito, quien parte fuera de su patria en un carro. Cerca del mar apareció una ola gigante y dentro un toro, que asusta a los caballos volcando el carro y enredando entre las bridas a Hipólito que es brutalmente arrastrado y golpeado, dejándole en un estado agónico.

Cuando traen el cuerpo próximo a expirar aparece Ártemis y explica a Teseo que la causa de todas las desgracias provienen de Afrodita, quien hizo que Fedra perdiera la cabeza por su hijo y que en modo alguno Hipólito mancilló su lecho. Le comunica que, ante su padre Poseidón, es un malvado, pues éste cumplió con su palabra cuando le concedió la promesa, pero él hizo uso de ella sin averiguar la verdad.

Hipólito perdona a su padre y muere ante él. Ártemis instituye el culto a Hipólito en Trecén:

Artemisa. – Las muchachas, antes de uncirse al yugo del matrimonio, cortarán sus cabellos en tu honor y durante mucho tiempo recibirás el fruto del dolor de sus lágrimas, inspirándose en ti, las vírgenes compondrán cantos y el amor que Fedra sintió por ti no caerá en el silencio del olvido.


Andrómaca

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Andrómaca, que había sido la esposa de Héctor, después del saqueo de Troya fue conducida a la ciudad de Ptía y tomada como esclava por Neoptólemo, el hijo de Aquiles. Con su amo había tenido un hijo. Sin embargo más tarde Neoptólemo se había casado con Hermíone.

Neoptólemo había ido a Delfos para tratar de ganarse el favor del dios Apolo. Mientras, Hermíone y su padre Menelao deseaban la muerte de Andrómaca y de su hijo, y ésta, tras haber enviado en secreto a su hijo a otro lugar, se había refugiado en el santuario de Tetis para tratar de protegerse.


Hécuba

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Antes de la toma de Troya, los reyes Príamo y Hécuba habían enviado a su hijo menor, Polidoro, junto con riquezas a la corte de Poliméstor, rey de Tracia, para que estuviera a salvo. Tras la toma de Troya, el ejército griego se dirige al Quersoneso Tracio, junto con las cautivas troyanas entre las que se encuentra Hécuba. Se detienen allí para honrar la tumba de su héroe Aquiles, y su espectro exige el sacrificio de Políxena, una de las hijas de Hécuba, sobre su tumba.


Los Heráclidas

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Los hijos de Heracles, los Heráclidas, capitaneados por Yolao y Alcmena, huyen a Atenas pues Euristeo, el rey de Argos, había ordenado que fuesen expulsados de su tierra. Se refugian como suplicantes de los dioses y Demofonte, rey de la ciudad, les procura refugio.

Aparece el heraldo de Euristeo, que intenta llevarse a los Heráclidas por la fuerza. Al no serle posible amenaza con la guerra. Demofonte sabe de un oráculo según el cual recibiría la victoria si sacrificaba en honor a Deméter a la muchacha más noble, para lo cual ha de matar a su hija o alguna otra de la ciudad. Macaria, hija de Heracles, al tener conocimiento de la profecía, se ofrece voluntaria para morir, pues prefiere este destino al de verse deshonrada o esclava.

Tras sacrificarla, se apresuran a la batalla, habiendo llegado ya el ejército de Euristeo. Yolao, ya muy anciano, con ayuda de un servidor se apresta a la batalla igualmente.

Hilo, el hijo de Heracles, desafió a Euristeo a un combate entre ambos, pero Euristeo no se atreve a combatir con él. Yolao milagrosamente rejuvenece y lucha ardorosamente en la batalla. Capturan a Euristeo, que es conducido hasta Alcmena quien le amenaza de muerte.

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